Francisco de Asís, modelo para una ecología integral, según la LS

Ya desde el principio de la Laudato si’, en el n. 1 y especialmente en los nn. 10-12, el Papa pone como modelo de relación con la creación y de cuidado de la casa común a San Francisco de Asís. Pero le cita también en otras ocasiones (nn. 87, 125, 218).

Francisco de Asís “es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad” (n. 10). Fue “un místico y un peregrino que vivió con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior” (n. 10). Él nos muestra también que una ecología integral requiere categorías que trascienden a las ciencias y a la economía y nos conectan con la esencia de lo humano. De hecho, cuando Francisco de Asís “miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas (…) porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe” (n. 11)

Para san Francisco la naturaleza es como “un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad” (n. 12) y ante el cual le brota el estupor, el canto y la adoración (cf. n. 87). Esto es esencial porque “si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio” (n. 11).

Esta última afirmación me parece muy importante porque sólo desde la pobreza y la minoridad podemos respetar toda la realidad: personas y demás criaturas, valorándolas en sí mismas y tratándolas como hermanas. Sólo desde la pobreza y la minoridad es posible la fraternidad.

Ciertamente es muy hermosa la visión de Francisco de que toda la creación visible, desde las criaturas celestes (sol, luna y estrellas) hasta las del mundo sub-lunar (aire, agua, fuego y tierra) constituyen la gran familia del Padre que está en los cielos, dones suyos que las convierten en hermanas (Cántico). Y de hecho, esta visión de Francisco de todo lo creado formando una gran familia es muy actual, pues la Tierra y el entero universo –como dice la Carta de la Tierra- es la comunidad de vida en la que todos los seres conviven y se interconectan. Todos los seres vivos poseen un mismo código genético de base, por eso todos son parientes entre sí: una real comunidad vital. Esta visión nos lleva necesariamente a tener respeto por cada ser, pues tiene valor en sí mismo más allá del uso humano. 

Pero también Francisco nos enseña que el vivir como menores, sin apropiarse ni de las cosas materiales ni de la propia voluntad, es lo que facilita el encuentro con todos y la fraternidad universal y lo que nos permite esa relación de respeto y comunión con todas las criaturas. 

Francisco de Asís es modelo de una ecología integral porque su visión nos ayuda a generar un nuevo paradigma, a comprender de un modo nuevo al ser humano y a la naturaleza. Al ser humano, hay que concebirlo, y Francisco nos ayuda a ello, no sobre las cosas sino junto a ellas, inserto en la naturaleza, en la comunidad de la vida como aquella porción de esta comunidad vital que siente, piensa, ama y venera. 

Dice L. Boff: Los seres humanos, “porque somos portadores de sensibilidad e inteligencia, tenemos una misión ética: la de cuidar la creación y ser sus guardianes para que continúe con vitalidad e integridad y con las condiciones de seguir evolucionando, ya que está haciéndolo desde hace 4.400 millones de años. Esta perspectiva nos lleva a asumir la responsabilidad por el destino de la Hermana Madre Tierra y de sus hijos e hijas, sintiéndonos cuidadores y guardianes de este bello, pequeño y amenazado Planeta”. 

El Papa nos recuerda el modelo de San Francisco para decirnos que asumir esa responsabilidad de tener una sana relación con lo creado implica una conversión ecológica (cf. n. 218), es decir, implica examinar nuestras vidas y reconocer de qué modo ofendemos a la creación de Dios con nuestros pecados, vicios o negligencias. Una conversión que, añade el Papa, además de individual ha de ser comunitaria.

Que asumamos esa responsabilidad de cuidadores y guardianes del planeta es lo que pretende el papa Francisco con su encíclica.

Hno. Vicente Felipe, ofm

 

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