Las flores en la liturgia

Tienen su propio lenguaje: hablan siempre de belleza, de perfume, de colores: son signos de alegría, de fiesta, de agradecimiento: expresan el homenaje sincero y la esperanza cierta: anuncian la primavera y los frutos. Un ramo de flores hace inútiles muchas palabras y vale más que un discurso. Las flores son una delicada alabanza al Creador, manifiestan la dignidad de la creación entera, anticipan el perfume del paraíso celeste, Las flores escapan de cualquier valoración con criterios meramente utilitarísticos.

Importa mucho saber usar, y sobre todo saber colocar las flores en los actos de culto y en la ornamentación del espacio celebrativo. Es preciso tener sensibilidad litúrgica y gusto estético para no caer en una indiscriminada proliferación de floreros en todos los lugares del presbiterio, aunque también hay que decir que no debemos caer en el mínimo de los mínimos, en aras de una falsa “pobreza” o “austeridad”, y en vez de elegancia, caemos en la ridiculez, lo mediocre, y no digamos del absurdo de la flores de plástico, que denotan entre otras muchas cosas “mal gusto”, o “gusto atrofiado”.

En el espacio celebrativo de algunas célebres basílicas antiguas, en sus atrios, capiteles, ábsides o pavimentos se encuentran motivos y alusiones (vides, flores, hojas, agua…) para entrever que el lugar de la celebración eucarística evoca también el tema bíblico del huerto o jardín: el jardín del nuevo Edén, el jardín del Cantar de los cantares, el jardín de la muerte-resurrección del Señor y el jardín escatológico del Apocalipsis. Las flores no sólo se emplean en la liturgia por un motivo estético, sino por un motivo “tipológico”, para reconstruir simbólicamente el ambiente esponsal de la alianza del Señor. Las flores en un banquete y en un ambiente de bodas no pueden faltar.

En la OGMR no se dice nada respecto a la ornamentación del altar con flores. En el Ritual de la dedicación de una iglesia se indica que oportunamente se pueden colocar flores sobre el altar, después de su consagración, para evidenciar su aspecto festivo. El Ceremonial de los Obispos indica que las flores han de usarse con moderación durante todo el tiempo de Adviento y suprimirse en el de Cuaresma e invita a colocarlas en el lugar de la Reserva en el Jueves Santo y en la exposición del Santísimo para la adoración eucarística.

Las flores sobre el altar en un florero discreto y sencillo, o a modo de guirnalda o festón en su parte delantera, son signo de alegría por el banquete abundante que Dios nos prepara, de encuentro festivo del Señor con su pueblo y del gozo de la Pascua. Junto al altar o en su entorno evocan al jardín bíblico de la presencia de Dios. En torno al ambón manifiestan honor, veneración y respeto a la Palabra. Junto al Sagrario realzan, el lugar de la reserva eucarística para la mejor adoración de este signo de amor permanente de Dios. A los pies del crucifijo o de las imágenes expresan la piedad y devoción sincera de los fieles.

Las flores nunca deben ser protagonistas principales ni atracción irresistible que polarice toda la atención de los fieles. Las flores, todas, están al servicio de la liturgia y no viceversa.

Es incorrecto que el altar y el ambón desaparezcan ante una efusión barroca e indiscriminada de flores. El presbiterio no debe convertirse en una especie de floristería, ni es mostración de toda la cantidad de flores aportadas por los fieles ni un escaparate de centros florales. Se ha de evitar siempre que aparezca como un concurso de horticultura.

Se deben de evitar las flores de plásticos –ya indicado anteriormente- que no se corresponden con la verdad celebrativa, pues son un signo vestido de falsedad. Van en contra de la sinceridad y de la tradición de la Iglesia.

No parece conveniente mezclar flores secas con flores naturales. Nunca se deben colocar las flores debajo de la Mesa del altar, para llenar el hueco. Jamás un bello florero se ha preparado para colocarlo en el suelo debajo de una mesa sino encima.

La disposición de los floreros en el presbiterio debe guiarse por la belleza de lo sobrio y por el gusto y la estética litúrgica, y no dejarse simplemente a la buena voluntad y disponibilidad del sacristán, que en algún caso puede no estar preparado en este tema litúrgico. Una incorrecta colocación puede provocar que los movimientos por el presbiterio sean como una carrera de obstáculos (floreros) que hay que salvar y ante los que hay que mantener el equilibrio.

Ante una gran abundancia de oferta de flores por parte de los fieles, se impone un criterio selectivo. En el presbiterio no se debe poner todo lo que se lleva y así hay que explicárselo a los donantes.

El lenguaje litúrgico de las flores debe ser expresivo e inmediato, pleno de dignidad y buen gusto, armónico en su conjunto, cargado de discreta belleza, escogido por su autenticidad, comunicativo por su estética, sencillo por su finura espiritual.

Fr. Francisco M

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM. 

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