Que vivimos un tiempo de secularización en Europa es incuestionable; pero, al mismo tiempo, en nuestra España querida está surgiendo una búsqueda espiritual, desde el yoga y el zen a las meditaciones variopintas, como el mindfulness, y el florecimiento de los gurús y maestros, que ofrecen un mercado de cursos y métodos de pacotilla para responder a este despertar interior y como respuesta desde el silencio. No todo tiene visos de prosperidad en el tiempo, aunque meta mucho ruido a través de la saturación mediática; por eso, es preciso discernir despacio y de modo adecuado, desde análisis pormenorizados, tales fenómenos que —a modo de meteoritos— pululan en el ambiente.
Toda esta situación ofrece respuestas «a la carta», en una religión que no sostiene fácilmente al presentarse como «un supermercado espiritual», en el que cada persona elige aquello que más le satisface, adobado con la mística desencarnada, poco vinculada con la realidad social y eclesial, alejada de la propuesta al compromiso que encontramos en la doctrina social de la Iglesia y el momento sinodal que estamos viviendo.
Hoy descubrimos ciertos signos de un despertar en la fe en algunas de sus manifestaciones, como las canciones de Rosalía, la película Los domingos y la acogida masiva realizada al papa León XIV. No olvidamos tampoco la reflexión de José Luis Rozalén ante este fenómeno, especialmente entre los jóvenes.
La búsqueda espiritual ha de estar acompañada transversalmente a lo largo de la historia de la humanidad. Junto a la dimensión biológica, psicológica y social, no puede faltar la espiritual, que todo ser humano necesita para su desarrollo integral como persona.
La espiritualidad ilumina las diversas parcelas de lo humano para llenarlo de sentido y trascendencia. El clima más adecuado para educar, en este sentido, es la familia y la comunidad. Para actuar ante tanta oferta —métodos, maestros y gurús…—, teólogos como Javier Melloni nos recuerdan que «la religión es libertad», por lo que, más que «ir por libre», debemos «ser libres». Todos/as estamos llamados/as a crecer hacia arriba y hacia lo profundo. La realidad nos desborda más allá de lo que percibimos; sin embargo, aparecen ciertas briznas de esperanza que nos invitan a crecer y creer en lo que nos trasciende y se nos revela como oportunidad de abrirnos a lo que desborda y sobrecoge. Todo el mundo percibe que está ocurriendo algo nuevo, aunque no sabemos qué: hay quienes buscan y no encuentran, mientras otras personas siguen dormidas, quizás indiferentes…
Al igual que la cierva busca corrientes de agua…, también hoy buscamos saciar la sed del corazón, esa sed de algo que nos llene de vida. Por eso, es la mística la que tiene hoy más atracción que la teología y otras ciencias afines.
Hoy buscamos fiarnos más de nuestra propia experiencia que de aquello que nos han enseñado, pero que no hemos experimentado. Para ahondar en esa experiencia es imprescindible educar para el silencio, al que no es fácil acceder en un tiempo de ruidos, redes sociales y mensajes… San Juan de la Cruz nos dice: «en la noche dichosa, / en secreto, que nadie veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía, / sino la que en el corazón ardía».
Y el Poverello de Asís nos recuerda una mística que ha de encarnarse en una forma concreta de vivir: en la fraternidad, la minoridad y el cuidado de la creación.
Seve Calderón Martínez, OFM
