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María Asunta al Cielo


15 Agosto 2026

¡Hola, María Asunta al Cielo!

Los evangelistas presentan a la Virgen como la fiel seguidora de su Hijo, Jesucristo, con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera discípula de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Señor. La profetisa que canta al Dios salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Hoy es fiesta grande para los creyentes, el día de la Mujer y Madre de la Esperanza. Una fiesta que no es sino el eco del anuncio pascual: Cristo ha resucitado. También María ha sido resucitada por Dios. Aquella mujer que supo acoger como nadie la salvación que se le ofrecía en su propio Hijo ha alcanzado ya la vida definitiva. La que supo sufrir junto a la cruz la injusticia y el dolor de perder a su Hijo comparte hoy su vida gloriosa de resucitado y nos invita a caminar por la vida con esperanza. Porque, antes que nada, la Asunción de María es una fiesta que confirma nuestra esperanza cristiana: hay salvación para el hombre. Hay una vida definitiva.

La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena. María, que ha llegado aprisa desde Nazaret, se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.

María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es… Madre de los Creyentes. La escena es conmovedora. Todo sucede en una aldea desconocida, en la montaña de Judá. Dos mujeres embarazadas conversan sobre lo que están viviendo en lo íntimo de su corazón. La vida cambia cuando es vivida desde la fe. Acontecimientos como el embarazo o el nacimiento de un hijo cobran un sentido nuevo y profundo.

Estamos viviendo unos tiempos en que, cada vez más, el único modo de poder creer de verdad va a ser aprender a creer de otra manera. Una fe pasiva, heredada y no repensada acabaría entre las personas cultas en indiferencia, y entre las personas sencillas en superstición. La fe es siempre una experiencia personal. No basta creer en lo que otros nos hablan o predican de Dios. Cada uno solo cree.

En este día de la Asunción de María, vamos a intentar descubrir uno de los rasgos más característicos del amor cristiano: saber acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia. Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador: ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en esos momentos su cercanía. Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días y que consiste en creer en el Verbo hecho carne de nuestra carne e Hijo de Dios.

Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico». Pero, ¿quién puede creer hoy realmente esto? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa y espontánea, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. ¿Vivir como creyente no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, privarnos de felicidad?

Se ha dicho que muchos cristianos de hoy vibran menos que los creyentes de otras épocas ante la figura de María. Quizás somos víctimas de bastantes recelos y sospechas ante deformaciones habidas en la piedad mariana. A veces se insistía de manera excesivamente unilateral en la función protectora de María, la Madre que protege a sus hijos de todos los males, sin convertirlos a una vida más de acuerdo con el Espíritu de Jesús. Otras veces, algunos tipos de devoción mariana no han sabido exaltar a María como madre sin crear dependencia e infantilismo religioso. Quizás esta misma idealización de María como la «mujer única» ha podido también alimentar un cierto menosprecio a la mujer real.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús. María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.


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