¡Hola, Jesús!
Todos los Santos es una fiesta que impresiona vivir todos los años… y proclamar la palabra del Apocalipsis: “Y vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas…”. Son los santos, los bienaventurados que viven “ya” la gloria del Reino de los Cielos.
Santos desconocidos en su mayoría, de todas las regiones, de todos los países, de todas las épocas…, negros y blancos, cultos e ignorantes… El mundo de los santos. ¿Qué es lo que une a gente tan distinta? Realmente, ¿es posible que gente tan distinta tenga algo en común, algo que permita darles a todos el mismo nombre, el nombre de santos?
La fiesta de Todos los Santos nos invita a celebrar que la fuerza del Espíritu de Jesús actúa como una semilla capaz de arraigar en todas partes, que no necesita especiales condiciones de cultura, lengua, raza o clase social. Por eso, esta fiesta es fundamentalmente gozosa: el Espíritu de Jesús ha dado, da y dará fruto, y lo dará en todas partes.
Celebramos que todos esos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar tienen algo en común, algo que les une. Todos ellos “han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”. Todos ellos han sido pobres, hambrientos y sedientos de justicia, limpios de corazón, trabajadores de la paz. Y eso les une. Porque hoy no celebramos una fiesta superficial, hoy no celebramos que “en el fondo, todo el mundo es bueno y todo terminará bien”, sino que celebramos la victoria dolorosamente alcanzada por tantos hombres y mujeres en el seguimiento del Evangelio (conociéndolo explícitamente o sin conocerlo). Porque hay algo que une al santo desconocido de las selvas amazónicas con el mártir de las persecuciones de Nerón y con cualquier otro santo de cualquier otro lugar: los une la búsqueda y la lucha por una vida más fiel, más entregada, más dedicada al servicio de los hermanos y del mundo nuevo que quiere Dios.
Celebramos que con Dios viven ya hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, y que esos hombres y mujeres han luchado esforzadamente en el camino del amor, que es el camino de Dios.
San Agustín nos dice: “Los santos mártires han imitado a Cristo hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza de su pasión. Lo han imitado los mártires, pero no solo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos”.
La santidad, el seguimiento fiel y esforzado de Jesucristo, es también para nosotros: para todos nosotros y para cada uno de nosotros. Es algo exigente, sin duda; es algo para gente entregada, que tome las cosas en serio, no para gente superficial que se limita a ir tirando. Pero somos nosotros, cada uno de nosotros, los llamados a esa santidad, a ese seguimiento. Como decía San Agustín: “Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación”.
Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio… Y hoy, en la fiesta de Todos los Santos, se nos invita a celebrar que también nosotros podemos entender y descubrir nuestra manera de seguir a Jesucristo, hacer posible la realidad del Reino de los Cielos, el reino de las Bienaventuranzas. La buena ventura de Dios.
