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EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA. FRAY MANUEL DÍAZ BUIZA

¡Imitemos la gratuidad de Dios!


08 noviembre 2014

San Lucas 16,9-15. 

Jesús decía a sus discípulos: 

"Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. 

El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. 

Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? 

Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? 

 Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero". 

Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. 

El les dijo: "Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios." 

El dinero está hecho para ser compartido, la mesa para encontrarse con los otros, la palabra para intercambiarla, la cultura para comprender a los demás, el calor del corazón para consolar a los que están aislados, para librar de su soledad a los que están encerrados en ella por la desgracia o la pena. Así es, el dinero, la inteligencia, la cultura, el arte, el amor, son fuerzas que tienden a acercar, a reunir, a asociar, a crear relaciones y a generar comunión. Éstos son los "bienes de la tierra" destinados a ser compartidos. ¿Pero, qué pasa cuando pervertimos esos bienes y los usamos para afirmarnos contra los demás, para aplastar, dominar, escapar de las solidaridades de la vida? ¿Qué pasa cuando nuestro orgullo o nuestro corazón las pervierten?

Jesús, continuando su reflexión sobre el administrador infiel pero astuto, pone ante nuestros ojos dos órdenes de valores, y ante nuestros pasos dos caminos para dirigir nuestras vidas: un camino de muerte y un camino de vida.

El verdadero discípulo es el que administra "sus bienes" en provecho de la humanidad entera. El que almacena "sus bienes" para solo su provecho sirve al Dios Mamón; el verdadero discípulo sirve a Dios. Pues bien, despejemos dudas, estos dos servicios, estos dos cultos, son incompatibles. Para Jesús solo cabe una actitud en el hombre que ha recibido tantos bienes de la tierra y además la gracia y el amor del cielo: compartirlos, ponerlos al servicio de los demás. Continuar con el derroche de gracia y ternura que ha supuesto la presencia de Dios en nuestras vidas. ¡Imitemos la gratuidad de Dios!

Los franciscanos celebramos al beato Duns Scoto, un apasionado defensor del dogma de la Inmaculada Concepción.

¡Paz y Bien!


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