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El Espíritu Santo nos enseña a distinguir su voz armónica


25 Abril 2026

No tenemos mejor compañero de camino que el Espíritu Santo, consuelo en la tristeza, en el desánimo y en el cansancio. Con su presencia nos nutrimos en el amor, para mejor afrontar el desencanto con el bien, el perdón y la misericordia, sabiendo que la esperanza es más fuerte que aquello que nos frena.

Ni Dios ni el Espíritu se cansan de amar, sino que penetran hasta el fondo del alma para abrazarnos a todos/as siempre, ofreciendo nuevas posibilidades de conversión y misericordia con los/las demás. Desde esta actitud humilde se nos recuerda y se nos reconoce que solo se puede vivir desde abajo (minoridad) cuando el amor languidece. No podemos caminar y renovarnos sin la ayuda del Espíritu Santo y sus sorpresas.

Todos/as juntos/as recorremos el camino cuando cuidamos las relaciones regaladas para donarlas, con creatividad responsable, desde la lógica del don y de la misericordia. Si alguien se dice cristiano/a y no está en esta lógica, es simplemente ateo/a disfrazado/a de cristiano/a.

Todas las personas hemos aprendido del sínodo:

  • que nos toca iniciar procesos de aprendizaje en los diversos ministerios y servicios;
  • que todo el mundo está llamado a evangelizar y compartir como Pueblo de Dios;
  • que peregrinamos desde actitudes de disponibilidad fraterna, en un arte sinfónico de comunión, dóciles a la acción del Espíritu, para mejor captar los signos de los tiempos (GS 4).

No olvidemos que el Espíritu nos enseña a vivir desde una armonía existencial. Jesús promete que el Espíritu Santo guiará a los/las creyentes a «toda la verdad»; afirma que el Espíritu no hablará por su propia cuenta, sino que comunicará lo que oiga de Dios Padre, revelando enseñanzas de Jesús y anunciando cosas futuras (cf. Jn 16,13); nos abre a la realidad para ser dóciles a las mociones del Espíritu, nuestro guía seguro y gozo consolador.

Cuando Francisco de Asís pide al Señor una fe recta,1 es una forma de vivir desde la escucha del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.


1 «Oh alto y glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento» (Oración de San Francisco ante el Crucifijo de San Damián).


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