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800 años del Tránsito de San Francisco de Asís.


03 octubre 2026

Nos separa el instante del Tránsito de San Francisco que nos lleve a dulcificar su partida, a mitigar el desgarro, sabedores como somos de que el Poverello goza de su Pascua eterna tras haber cruzado el umbral de su “hermana muerte”.

El biógrafo Tomás de Celano nos describe el ocaso de Francisco que «amó a los suyos en extremo, y recibió la muerte cantando».

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, el Señor, se puso a lavarles los pies.

Francisco, no ignoró esa tremenda dificultad que a veces acorrala a los hombres en medio de inhumanidades, atropellos, envidias, egoísmos e injusticias...

El Cántico de las criaturas como una vuelta al paraíso perdido. Entre la luz y la sombra, entre el pecado y la gracia, Francisco en su Cántico ha sabido mirar más allá de la maraña de ambigüedad y contradicciones. El milagro lo ha hecho Jesucristo en su Redención, vencedor de su muerte y de la nuestra.

El Santo de Asís ha reconocido dentro de sí los gemidos revestidos por el Espíritu, abriendo a la esperanza, a la reconciliación consigo, con los hermanos y con toda la creación...

Constatamos a diario que aún existen divisiones, enfrentamientos, desarmonías y pecados..., pero en el tiempo del «todavía no», puede vislumbrarse «ya» la gloria escondida en las entrañas de un mundo reconciliado por la Cruz del Señor Resucitado.

La historia es ese jardín bueno y bello que ya ha comenzado, es el desafío: hallar en él la huella creadora y recreadora de Dios como origen y destino de todos nuestros anhelos y afanes.

Por eso la mirada franciscana es una mirada cargada de pureza inocente, la que nos permite entrar en la fuente divina de las cosas que nos constituye a todos en hermanos diferenciados.

Pero, ¿dónde tienen cabida todos los desmanes que a través de los siglos ha provocado el egoísmo, la incomprensión, la injusticia y la apropiación?

El cortejo de violencias, de mezquindades, de envidias y egoísmos que ha jalonado buena parte de la historia de la humanidad, parece que incapacita al hombre a leer con credibilidad esta página bíblica de la creación donde se trasluce el proyecto bello del Creador.

El jardín de la vida es un paraíso posible: al él nos han llamado, Dios que nos cultiva, y ahí nos amamos. Después de todo vio Dios lo que había hecho, y lo volvió a encontrar bueno y bello, cuyo encanto final todavía no ha llegado, pero ya tiene aquí su comienzo.

Por eso exclamamos: «Alabado seas, mi Señor, por todas las criaturas», que dirá San Francisco, «Gracias, Señor, porque me creaste», que dirá Santa Clara.

El Cántico de las criaturas, o del Hermano Sol, o las Alabanzas del Señor, o el Himno a la hermana muerte, que todos estos nombres le dan, es uno de los testimonios del ininterrumpido cántico que fue su vida».

EL Cántico de Francisco es el fruto de una vida marcada por la búsqueda apasionada de Dios, por la creciente conversión. Nos muestra que su vida a través de la reconciliación y confraternización con todas las criaturas, es un proceso de conversión que le reconcilia consigo mismo mediante el misterio de Dios.

San Francisco es de los santos más populares y universalmente queridos, el hermano por antonomasia, pero su fraternidad se deriva de la experiencia filial cuando descubrió que Dios era el verdadero Padre de todos.

Con mucho gusto estos colectivos visten a Francisco de verde ecologista, de blanco pacifista, de pana proletaria, de azul vaquero postmoderno...

Por esto, los 800 años de su muerte (1226-2026), tenemos una ocasión para asomarnos al regalo de un santo, porque la santidad es la sustancia de la vida cristiana.

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal».

«Y entonces vio la luz. Vio que el dolor precipitó la huida y entendió que la muerte ya no estaba. Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas; ver al Amor sin enigmas ni espejos; descansar de vivir en la ternura; tener la paz, la luz, dejando los dolores lejos, la Noche-Luz, tras tanta noche oscura».

En aquel primer domingo de resurrección y cada domingo de pascua, la Iglesia celebra que las puertas de la eternidad han vencido en este día la muerte, incluso la muerte hermana. Están abiertas de par en par y nos invitan a pasar acompañados del Señor resucitado, de María, los ángeles, arcángeles y de todos los santos.

¡Bienvenida la hermana muerte!

“¡LOADO SEAS MI SEÑOR!”


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